«No hay documento de cultura que no lo sea también de barbarie.» Walter Benjamin.
La muerte de Edgar Morin y la reciente publicación de la encíclica Magnifica Humanitas de León XIV son acontecimientos que pertenecen a mundos distintos. Uno fue un sociólogo y filósofo de la complejidad; el otro es el líder de la Iglesia Católica. Uno pensó desde la ciencia, el humanismo laico y la incertidumbre; el otro desde la tradición cristiana y la noción de persona. Sin embargo, ambos parecen converger en una misma inquietud: la sensación de que nuestra época atraviesa una crisis más profunda que una simple disputa política o tecnológica. Mientras la inteligencia artificial avanza a una velocidad inédita, las guerras se multiplican, las democracias se debilitan, los discursos populistas recuperan legitimidad y la vida pública parece cada vez más dominada por la lógica de la confrontación permanente. Disponemos de más información que nunca, pero comprender el mundo parece más difícil que hace unas décadas.
Durante toda su obra, Morin sostuvo que el gran error de la modernidad fue fragmentar el conocimiento. La actual policrisis -económica, ecológica, tecnológica, geopolítica y cultural- es, en buena medida, la consecuencia de esa incapacidad para comprender las relaciones que unen fenómenos que solemos analizar por separado. El resultado es una enorme capacidad para procesar datos y producir soluciones técnicas, pero una creciente incapacidad para comprender las consecuencias de esas mismas soluciones. Su pensamiento complejo fue, en el fondo, una rebelión contra las explicaciones simples.
La encíclica de León XIV parece advertir un problema similar desde otro lenguaje. Allí la preocupación no es solo la fragmentación del saber, sino lo que el Pontífice denomina la «algoritmización de la existencia»: la reducción de la persona humana a una función, una métrica o una capacidad productiva. En un mundo gobernado por sistemas de optimización, la pregunta ya no es solamente qué pueden hacer las máquinas, sino qué imagen del ser humano estamos construyendo a partir de ellas.
Por supuesto, las respuestas de ambos caminan por veredas opuestas y ahí radica la verdadera tensión de este encuentro. Para Morin, la incertidumbre es el destino inevitable de una realidad sin verdades absolutas, una condición que exige el coraje de vivir en la duda permanente. Para León XIV, en cambio, la crisis actual nace precisamente de haber abandonado las certezas fundamentales sobre la trascendencia. Mientras el filósofo laico nos invita a habitar el vacío sin dogmas, el Papa propone reencontrar el ancla de una dignidad que es anterior a cualquier cálculo. Aun así, el punto de encuentro entre ambos es el rechazo compartido a la simplificación. Ambos desconfían de los sistemas que pretenden explicar la realidad mediante una única lógica, y recuerdan que la vida humana contiene dimensiones que no pueden ser agotadas por la eficiencia o la utilidad. No es casual que estas reflexiones aparezcan en una época marcada por radicalismos políticos. Los proyectos autoritarios prosperan ofreciendo certezas falsas a problemas complejos: identifican enemigos claros, prometen soluciones rápidas y transforman el miedo en obediencia. Lo mismo ocurre con los algoritmos que organizan nuestras redes sociales, al privilegiar la indignación sobre la comprensión.
La inteligencia artificial no es la causa de esta crisis. Es, más bien, su síntoma más sofisticado. Como advertía Benjamin, la IA, cumbre técnica de nuestra civilización, arrastra consigo el reverso latente de su propia barbarie: la deshumanización. Después de todo, las máquinas no se inventaron a sí mismas, ni los algoritmos declaran las guerras; es el propio ser humano quien diseña las herramientas de su alienación. Refleja una civilización fascinada con su capacidad de procesamiento, pero incapaz de gobernarse a sí misma. Tal vez por eso la coincidencia en el diagnóstico entre Morin y León XIV resulta tan sugerente. Ambos nos recuerdan que ninguna innovación tecnológica resolverá por sí sola los problemas que son, en esencia, espirituales y humanos. La crisis actual no es únicamente económica, política o digital. Es también una crisis de comprensión.
Por lo tanto, la solución no puede ser una simple reivindicación ingenua del ser humano, pues ese mismo sujeto es el autor de la crisis. El desafío no es volver a un viejo humanismo complaciente, sino imaginar uno nuevo y profundamente autocrítico, capaz de reconocer la complejidad y la oscuridad de nuestra propia naturaleza sin renunciar a la dignidad; capaz de convivir con la incertidumbre sin refugiarse en el autoritarismo de las falsas certezas, y capaz de utilizar la tecnología sin aceptar que ella defina por completo quiénes somos.
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