El fin de año, sus ritos y expectativas. | Publimicro

El fin de año, sus ritos y expectativas.

Cada fin de año, en distintos rincones del mundo, se repite una escena tan familiar como enigmática: personas que comen uvas al ritmo del reloj, que salen a caminar con una maleta vacía, que queman papeles con deseos o frustraciones, que consultan horóscopos o que brindan con fórmulas casi litúrgicas. A primera vista, estas prácticas pueden parecer supersticiones menores o simples tradiciones folclóricas. Sin embargo, vistas desde una perspectiva antropológica, revelan algo más profundo: la necesidad humana de producir sentido frente al paso del tiempo y la incertidumbre del futuro.

En distintas partes del mundo, el cierre de un año se marca con gestos que, vistos desde fuera, parecen arbitrarios. En Japón, muchas personas hacen sonar campanas 108 veces en los templos durante el Ōmisoka, como forma de dejar atrás las pasiones que enturbian la vida. En Irán , el Nowruz, el año nuevo persa, se celebra con una mesa preparada para simbolizar salud, renacimiento y paciencia. En Tailandia, el Songkran se vive arrojando agua, como gesto de purificación. Las formas cambian, pero la lógica es sorprendentemente similar. Émile Durkheim entendía los rituales como prácticas colectivas que refuerzan la cohesión social. No importan tanto sus contenidos específicos como el hecho de ser realizados en común, de manera repetida y socialmente reconocida. El fin de año funciona, en este sentido, como un gran ritual secular globalizado: incluso en sociedades altamente individualizadas, se produce una sincronización simbólica. Todos sabemos que “algo termina” y que “algo empieza”, aunque ese algo sea, en términos materiales, indistinguible del día anterior.

Entre el balance y el deseo, estos rituales también operan como dispositivos de contención emocional. El cierre del año condensa pérdidas, fracasos, duelos y cansancios que no siempre encuentran espacio durante el resto del tiempo social. Estos ritos permiten decir: “hasta aquí”, incluso cuando no hay cierre real. No prometen milagros, pero cumplen una función menos espectacular y definitivamente más vital: sostener la confianza básica de que vivir sigue teniendo sentido. Que esperar no es perder el tiempo. Que, aunque muchas veces no resulte, la posibilidad, esa idea frágil de que algo puede ser distinto, sigue siendo necesaria para seguir adelante.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de Publimicro.

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