La obesidad y las dificultades alimentarias han sido abordadas históricamente desde el peso, las calorías y la disciplina. Sin embargo, nuevas perspectivas integradoras proponen mirar más allá del plato: la historia emocional, el trauma, la crianza y las experiencias tempranas podrían influir profundamente en la relación con la comida. Durante una exposición sobre psiconutrición y obesidad, la psicóloga Daniela Laferte planteó que alimentarse no responde únicamente a una necesidad biológica, sino también a factores emocionales, sociales y culturales aprendidos desde la infancia. “La comida queda asociada a amor, a calma, aprobación, seguridad y pertenencia”, explicó, señalando cómo mensajes cotidianos en la niñez pueden moldear la conducta alimentaria futura.
La infancia y el origen del vínculo con la comida
Frases como “Si no lloras, te doy algo rico” o “Termina el plato para que mamá esté feliz” pueden parecer inofensivas, pero contribuyen a asociar alimentación con afecto, aprobación o recompensa emocional. Según la exposición, estas experiencias pueden interferir tempranamente con la capacidad de reconocer señales internas de hambre y saciedad, favoreciendo patrones alimentarios más ligados a emociones que a necesidades fisiológicas.
Hambre física versus hambre emocional
Uno de los conceptos centrales es distinguir entre hambre física y hambre emocional. Mientras la primera aparece gradualmente y se satisface con distintos alimentos, la segunda surge de forma abrupta, suele buscar productos específicos —especialmente dulces o grasas— y puede persistir incluso después de alcanzar saciedad. Este patrón puede derivar en atracones acompañados por culpa y vergüenza, generando ciclos repetitivos de alivio momentáneo seguido de malestar emocional.
Estrés, trauma y alimentación
La exposición también abordó la relación entre trauma complejo y obesidad. En algunos casos, el aumento de peso podría funcionar inconscientemente como mecanismo de protección frente a experiencias dolorosas o abusos. Asimismo, el estrés prolongado alteraría procesos vinculados al sueño, la saciedad y la impulsividad, llevando al organismo a priorizar alimentos ricos en azúcar o grasa como respuesta rápida de supervivencia. “El cerebro prioriza el alivio inmediato sobre el bienestar futuro”, se explicó durante la jornada.
Hacia un enfoque más compasivo
La propuesta final apunta a abandonar interpretaciones centradas únicamente en la falta de voluntad o disciplina. En cambio, se promueve un abordaje multidisciplinario que integre psicología clínica, nutrición con enfoque conductual y tratamientos especializados en trastornos de la conducta alimentaria. Además, se cuestionó el uso exclusivo del peso como indicador clínico y se enfatizó la necesidad de una atención más empática. La conclusión es clara: comprender la historia emocional detrás de la alimentación podría ser tan importante como indicar qué comer. “La alimentación emocional no significa falta de disciplina… comprender esto permite trabajar desde la compasión y no desde la falta de empatía”, concluyó la expositora.
Suscríbete al boletín:
Suscribete Gratis




