Sostener vínculos sin calcular se ha vuelto difícil. Las relaciones se administran: se dosifican, se ajustan y se mantienen mientras no incomoden demasiado. El otro entra en escena bajo una condición implícita: no exigir en exceso. Ese modo de relacionarse no es accidental; responde a un entorno que ha extendido la lógica de la eficiencia hacia lo afectivo. También ahí se optimiza: cuánto dar, cuándo dar, cómo dar. El resultado es un entramado frágil, reversible, donde el vínculo queda subordinado a la conveniencia. En ese contexto, la distancia aparece como forma de resguardo. En un mundo atravesado por guerras, discursos de odio y desconfianza, el otro se vuelve incierto, potencialmente amenazante. La cercanía incomoda y el compromiso pesa. Protegerse parece sensato.
Desde la antropología se ha mostrado algo bastante menos romántico de lo que parece: no hay humanidad sin vínculo. Desde las formas más básicas de intercambio hasta las estructuras de parentesco, lo social no es un agregado posterior, sino la condición misma de la vida humana. La interdependencia no es un valor que se pueda adoptar o desechar, lo humano no precede al vínculo; se forma en él.
Ahí se abre una tensión central. Emmanuel Levinas sitúa en el encuentro con el otro una exigencia anterior a cualquier decisión: el rostro interpela, obliga, desestabiliza. El otro no aparece para ser gestionado, sino para ser reconocido. Sin embargo, buena parte de las formas actuales de vida operan en sentido contrario: reducen esa exigencia, la neutralizan, la vuelven administrable. En ese marco, los afectos adquieren un peso que suele subestimarse. Spinoza los pensó como fuerzas que amplían o reducen la potencia de vivir. Cada forma de vínculo produce un efecto: apertura o contracción, disponibilidad o repliegue. Un entorno saturado de desconfianza no solo organiza la política; modela cuerpos, gestos, disposiciones.
En ese contexto, la dulzura adquiere un sentido distinto. Anne Dufourmantelle la piensa como una forma de presencia que se juega en lo concreto: cómo se dirige la palabra, el tono que no impone, el gesto que no invade, la manera de disponerse frente a otro. Hay ahí una intención de vínculo que no busca dominar ni anticipar del todo. Deja espacio para que el encuentro ocurra. Esa apertura implica riesgo. Supone sostener la incertidumbre del otro, no reducirlo a lo que se espera de él, tolerar la incomodidad que eso produce. En un entorno marcado por la desconfianza, esa disposición desajusta: no endurece ni se repliega, mantiene la posibilidad de relación aun cuando no ofrece garantías. Ahí los afectos adquieren peso. No como refugio, sino como práctica concreta. En cada gesto que sostiene la presencia del otro sin reducirla, se interrumpe -aunque sea de manera mínima- una forma de relación basada en el miedo. Y en esa interrupción se juega algo más que lo íntimo: la posibilidad de seguir habitando un mundo compartido.
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