Maltrato y abuso infantil en Chile: el silencio también es violencia | Publimicro

Maltrato y abuso infantil en Chile: el silencio también es violencia

Hablar de maltrato y abuso infantil sigue siendo incómodo, pero urgente. Uno de los errores más comunes es creer que estos hechos ocurren lejos, en contextos ajenos o con desconocidos. Sin embargo, la realidad es mucho más dura: la mayoría de los abusos sexuales contra niños, niñas y adolescentes ocurre dentro del entorno familiar. Y ese dato, por sí solo, nos obliga a replantear cómo estamos entendiendo la prevención.

Prevenir no es solo reaccionar cuando el daño ya está hecho. Prevenir es educar. Es permitir que los niños conozcan su cuerpo, que sepan nombrarlo, que entiendan sus límites y que reconozcan cuándo algo no está bien. Durante años, este tipo de conversaciones se evitó, generando más vulnerabilidad que protección. Hoy la evidencia es clara: mientras más herramientas tienen los niños para comprender su corporalidad, mayores son sus posibilidades de anticipar o alertar situaciones de abuso.

Pero la prevención no sirve si no hay escucha. Uno de los momentos más críticos no es solo el abuso en sí, sino la develación. Cuando un niño se atreve a contar lo que le ocurre y no se le cree, el daño se multiplica. Aparecen la culpa, el silencio y la desprotección, generando un trauma tan profundo como el propio abuso. Aquí es donde muchas veces fallamos como familias: negamos, minimizamos o simplemente no logramos acoger lo que el niño intenta comunicar.

A esto se suman señales que muchas veces pasan desapercibidas. Conductas hipersexualizadas, lenguaje inapropiado para la edad o cambios conductuales no son “cosas de niños”; son alertas. Y cuando esas señales aparecen, la pregunta no es juzgar, sino comprender qué está ocurriendo detrás. Porque muchas veces los niños sí hablan, pero los adultos no queremos escuchar.

El problema no termina en la familia. Existe una responsabilidad colectiva que sigue siendo débil. Como sociedad, aún nos cuesta asumir que todos somos garantes de los derechos de la infancia. La vecina que escucha gritos, el adulto que ve negligencia, el entorno que detecta señales, muchas veces opta por el silencio. Y ese silencio también es violencia.

Hoy existen canales formales para denunciar, pero la principal barrera sigue siendo la decisión de actuar. No basta con observar; hay que involucrarse. Porque proteger a los niños no es solo tarea de la familia o del Estado, es una responsabilidad compartida.

En paralelo, también es necesario replantear la crianza. Seguimos siendo una cultura profundamente adultocéntrica, donde muchas veces se prioriza la obediencia por sobre el vínculo. Se corrige desde el castigo, se normalizan prácticas como el silencio o la violencia física, y se olvida lo esencial: el buen trato. Un niño necesita ser escuchado, validado y respetado, tal como lo necesita cualquier adulto.

Durante años se instalaron prácticas que hoy sabemos que dañan. El aislamiento, el “tiempo fuera”, el castigo desde la indiferencia o el abandono emocional no educan, generan inseguridad, miedo y desconexión. Los niños no necesitan endurecerse: necesitan adultos disponibles, presentes y emocionalmente conscientes.

Y ahí aparece otro punto clave: no podemos exigir una infancia sana si no tenemos adultos emocionalmente disponibles. Se necesitan padres, madres y cuidadores que sepan regular sus emociones, resolver conflictos sin violencia y construir relaciones basadas en el respeto. Porque el buen trato no es un discurso, es una práctica diaria.

La pregunta entonces no es solo cómo protegemos a los niños, sino qué tipo de adultos estamos formando. Porque el maltrato no siempre es evidente, no siempre deja marcas visibles, pero siempre deja huellas.

Y frente a eso, hay algo que no podemos seguir ignorando: escuchar, creer y actuar puede marcar la diferencia entre el daño y la reparación.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de Publimicro.

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