“El Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género no tiene un enfoque ideológico”, dijo este lunes la ministra Judith Marín al marcar el sello de su gestión como “realismo” y no “sesgo ideológico”. Esa afirmación difícilmente podría ser cierta, sobre todo viniendo de una figura cuya trayectoria política y personal está fuertemente vinculada al mundo evangélico y conservador, donde las nociones sobre familia, género y orden social no son neutrales, sino normativas, Y, por otro lado, la pretensión de no tener ninguna ideología es, en sí misma, una posición ideológica.
Si seguimos una línea amplia en las ciencias sociales, la respuesta es clara: no hay espacios neutros. Desde Karl Mannheim hasta Pierre Bourdieu, la ideología no es un atributo opcional que algunas organizaciones “adoptan” y otras no. Es el marco desde el cual se definen los problemas, se priorizan agendas y se justifican intervenciones. Decidir que la desigualdad de género es un asunto público relevante – y que el Estado debe actuar sobre ella- ya implica una toma de posición. No es neutralidad, es un modo específico de interpretar la realidad.
El problema es que la palabra “ideología” se ha cargado de sospecha. Se la usa como etiqueta descalificadora, especialmente en esa disputa por el sentido que algunos llaman “batalla cultural”. Como advertía Gramsci, el poder es más eficaz cuando logra presentarse como sentido común. Cuando algo se percibe como “natural” u “objetivo”, deja de ser reconocido como ideológico, aunque siga operando como tal. Y ahí está el punto ciego: la ideología no desaparece cuando se niega, solo se vuelve menos visible y, por lo tanto, peligrosa. Sin embargo, en contextos como el chileno, es difícil negar que ciertas agendas progresistas han logrado una alta visibilidad: derechos de las mujeres y grupos LGTBIQ+, medioambiente, inclusión y todos los “ismos” que molestan al presidente José Kast. En ese plano cultural, pareciera que algunos marcos de sentido han avanzado lo suficiente como para instalarse en la conversación pública, incluso generando la percepción de que “dominan”. Pero esa lectura se vuelve más frágil cuando se desplaza la mirada hacia otro nivel: el de las estructuras.
El modelo económico, la centralidad del mercado, la concentración del poder material, siguen mostrando una notable continuidad. Dicho de otro modo: lo que cambia con rapidez en el plano de los valores no necesariamente transforma, al mismo ritmo, las condiciones que organizan la vida social. En términos de Karl Marx, la ideología dominante no se define por lo que circula en el discurso visible, sino por las condiciones materiales que organizan la sociedad, en particular por la posición de quienes controlan los medios de producción.
La sociedad contemporánea no es un bloque homogéneo, sino un espacio de disputa donde distintas visiones logran avances parciales sin estabilizarse completamente. Más que una hegemonía consolidada, lo que hay es una tensión permanente entre niveles: transformaciones culturales relativamente rápidas conviviendo con estructuras más resistentes al cambio.
En ese marco, el problema no es la existencia de ideologías, sino el uso selectivo que se hace de ellas. Se acusa de ideológica a la izquierda, al feminismo o a ciertas agendas de derechos, mientras se presenta como neutral -o simplemente “realista”- cualquier otra forma de ordenar la sociedad. Esa operación no es ingenua: delimita qué visiones pueden ser discutidas y cuáles se instalan como sentido común incuestionable. Porque la ideología no es patrimonio de un sector, ni desaparece por decreto. Está siempre operando, especialmente allí donde se la niega. Y cuando alguien afirma que no hay ideología, lo que en realidad está diciendo es que la suya ya logró pasar por verdad.
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