La llegada del petrolero ruso Anatoly Kolodkin a Cuba con 730.000 barriles de crudo marca un giro táctico en la presión estadounidense, pero no un cambio de fondo. El presidente Donald Trump autorizó el paso del buque, que partió de Primorsk hace 20 días, describiendo la carga como ayuda humanitaria para una isla al borde del colapso económico y con crisis energética. Sin embargo, Trump dejó claro que su objetivo estratégico sigue siendo un cambio de régimen en La Habana, afirmando que Cuba ‘está acabada’ y que el petróleo no alterará ese destino. El Kremlin confirmó la llegada del barco al puerto de Matanzas, tras obtener un permiso de Washington que flexibiliza temporalmente el bloqueo marítimo impuesto en enero. El portavoz Dmitri Peskov calificó el envío como un deber de Rusia hacia sus ‘amigos cubanos’, mientras la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, insistió en que no hay un cambio formal en la política de sanciones. La carga, que será refinada en las plantas de La Habana, Cienfuegos o Santiago, podría alimentar las centrales eléctricas de la isla por solo unas pocas semanas, según expertos. El impacto inmediato es un balón de oxígeno para una población que sufre apagones constantes, racionamiento de combustible y colapso en hospitales tras tres meses sin importaciones de petróleo.
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