La comunidad internacional observa estupefacta los últimos acontecimientos en Venezuela y es que no muy seguido vemos, en vivo, tal nivel de organización y espectacularidad para derrocar al mandatario de una nación. Sin estar a favor o contra de alguna facción involucrada, los hechos muestran que existen varias cuestiones sombrías o información que no cuadra con las expectativas de los observadores internacionales, analistas y del propio pueblo venezolano. Si bien el régimen venezolano ha estado en el ojo del huracán de la política exterior norteamericana desde la época de Chávez, nunca antes Estados Unidos había traspasado las fronteras de la intervención militar, hasta ahora.
Si bien las argumentaciones al respecto son variadas como, por ejemplo, las supuestas vinculaciones de Maduro con bandas del narcotráfico, los cuestionamientos de fraude electoral de las pasadas elecciones presidenciales en Venezuela, la vinculación comercial y política del régimen venezolano con potencias del Asía, Europa y Oriente medio enemigas de Estados Unidos, la migración descontrolada producto de las condiciones internas de Venezuela, etc., aún faltan otros elementos para esclarecer la tutela norteamericana sobre Venezuela anunciada por Trump y es inevitable pensar en los costos y ganancias de estos multimillonarios eventos en cuestión. Después de todo, una movilización de tropas de tal magnitud con numerosos buques de la marina de estados Unidos, sus aliados y portaaviones incluido, es de un costo en recursos bastante considerable. No es descabellado pensar en que todo este esfuerzo económico sea recuperado de una u otra forma. Pero, ¿dónde queda el pueblo venezolano?, ¿cuál será su rol de cara al futuro de la nación caribeña?.
El problema es que, por una parte, tenemos un régimen chavista enquistado en el poder desde hace ya varios años y una última elección presidencial poco clara y probablemente fraudulenta (según señalan varios analistas nacionales e internacionales, además de mandatarios de varios países) y que nunca tuvo una vocación democrática real. Por otra, tenemos un país que se erige como el principal tutor de las democracias de occidente que impone su lógica económica a través de aranceles y tratados siempre convenientes y que no duda en intervenir y bloquear económicamente a quienes no se subyugan ante su poderío. En el medio de todo, el pueblo venezolano que parece no tener injerencia alguna en su propio destino.
La liberación del pueblo venezolano debe ir precedida de una transición a la democracia en que el propio pueblo organizado erija sus candidatos a la presidencia y parlamento, sin tutelas de ningún tipo. Hemos presenciado décadas de manoseo político sobre Venezuela y hoy se abre una ventana para que la ciudadanía venezolana organizada pueda retomar un camino distinto que recupere sus instituciones y recursos naturales para el desarrollo del país y el bienestar del pueblo venezolano, incluso, mediante un proceso constituyente nuevo.
Esperemos que la liberación de Venezuela no sea un cliché o solo palabras al viento, sino que realmente se generen las condiciones e instrumentos democráticos necesarios para una transición en paz. Cuando hay real voluntad de hacer las cosas bien, estos procesos suelen ser rápidos. En cambio, si la real voluntad es aprovecharse del pueblo venezolano, los procesos de cambio serán lentos, dolorosos y traumáticos. ¡Fuerza al pueblo de Venezuela!
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