Por primera vez en cuatro regiones del país, el número de muertes supera al de nacimientos. Esta situación ha encendido las alarmas en sectores políticos, académicos y sociales, que ven en la baja tasa de natalidad una amenaza concreta al “sistema”. Pero ante esta preocupación sostengo que no estamos ante una crisis de natalidad, sino que frente a una crisis del modelo de desarrollo.
Según datos del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), la tasa de fecundidad en Chile cayó a 1,3 hijos por mujer en 2023, muy por debajo del nivel de reemplazo poblacional de 2,1 hijos. Esto se suma al envejecimiento progresivo de la población: se estima que hacia 2050 este grupo superará el 30%. Esta transición demográfica plantea preguntas de fondo sobre el modelo de desarrollo.
Una sociedad en la que las parejas optan por uno o dos hijos o renuncian a la maternidad y paternidad es legítimo independiente de sus motivaciones. Hoy no es cosa de “echar niños al mundo”, hay cada vez más conciencia de la responsabilidad que significa esta decisión para padres, madres, hijas e hijos.
Todos quienes centran la atención en cómo aumentar la tasa de natalidad esgrimen argumentos para perpetuar un modelo de desarrollo que prioriza el crecimiento económico por sobre el bienestar de las personas y no reconoce el contexto global en que el planeta está llegando a sus límites biofísicos. Repensar e impulsar un cambio de paradigma de desarrollo es también hacernos cargo de la necesidad de garantizar una vida digna para la población y para las nuevas generaciones y reconocer que, a nivel global, estamos cerca del punto de no retorno si no reducimos drásticamente las emisiones.
La baja tasa de natalidad, así como otros tantos factores locales y globales son signos inequívocos de que el modelo de desarrollo vigente es insostenible. Insistir en impulsar la natalidad como solución para mantener el sistema sin cambios es una visión cortoplacista. Como dice el refrán: “pan para hoy, hambre para mañana”.
Un nuevo modelo de desarrollo compatible con tasas de natalidad por debajo del reemplazo es posible y debe comenzar por reconocer que la suma de los intereses individuales no maximiza el interés colectivo y es por ello que la política pública deberá jugar un rol en el proceso de transición como expresión del bien común.
Primero enfocar y promover la innovación como motor de generación de valor en los agentes económicos en reemplazo de generar renta a expensas de un mercado con sobreoferta de trabajadores no calificados. Segundo, que la calidad de la educación no sea solo un discurso electoral sino un verdadero compromiso para estar a la altura del desarrollo de conocimiento e innovación a nivel mundial. Tercero, hacerse cargo de la necesidades integrales de la población adulto mayor. Y cuarto, desarrollar y/o implementar tecnología para adaptarse a una sociedad cuya demografía es post piramidal.
Lo que está en crisis no es la tasa de natalidad, sino que el modelo de desarrollo. Un nuevo modelo es urgente no solo para redefinir el sistema, sino para que valga la pena sostenerlo.
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