El llamado del presidente Donald Trump para que sus aliados desplieguen buques de guerra en el estrecho de Ormuz ha encontrado un muro de rechazo en Europa y Asia. Gobiernos clave, liderados por Alemania, han respondido con una frase contundente: ‘Esta no es nuestra guerra’. La negativa surge del temor a verse arrastrados a un conflicto directo con Irán, luego de que Estados Unidos e Israel atacaran al país el 28 de febrero, lo que provocó el cierre virtual de este paso marítimo por donde transita una quinta parte del petróleo mundial. El ministro de Defensa alemán, Boris Pistorius, fue el más directo al declarar que Alemania no inició el conflicto y no participará. En Bruselas, los ministros de Asuntos Exteriores de la Unión Europea, incluido el español José Manuel Albares, actuaron con cautela, subrayando que no desean intensificar la guerra. Incluso el primer ministro británico, Keir Starmer, aunque dijo explorar opciones, advirtió que Reino Unido no se dejará arrastrar a una guerra general. La jefa de la diplomacia de la UE, Kaja Kallas, fue una excepción al proponer redirigir la misión naval Aspides, pero Alemania e Italia ya se opusieron. La tensión tiene un costo económico inmediato: el bloqueo ha disparado los precios de la energía, generando preocupación por inflación, desaceleración económica e interrupciones en el suministro de alimentos.
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