La relación entre el presidente Gabriel Boric y la exmandataria Michelle Bachelet ha evolucionado de un inicio tempestuoso a una alianza estratégica que hoy corona con la candidatura de Bachelet a la Secretaría General de la ONU. Este vínculo, que comenzó con un almuerzo forzado en 2015 tras el rechazo inicial de Boric a viajar en el avión presidencial, se ha consolidado en conversaciones semanales y asesoría constante durante los cuatro años de gobierno. La exgobernante se ha transformado en una consejera clave, incluso proponiendo nombres de su estricta confianza para el equipo presidencial. Este acercamiento rompe la histórica mala relación entre la vieja Concertación, de donde proviene Bachelet, y los nuevos líderes universitarios del Frente Amplio que llegaron al poder criticándolos. Bachelet entendió tempranamente que el futuro del progresismo en Chile dependía de sumar a esta nueva generación, cuyo semillero político identificó en el Frente Amplio y no en los partidos tradicionales. Sin embargo, el camino fue complejo: Boric tuiteó en 2011 que le aburría profundamente escuchar hablar de Bachelet, y en 2016 criticó su programa por buscar ‘humanizar un neoliberalismo’ en lugar de impulsar reformas estructurales. La alianza importa porque define el rumbo de la izquierda chilena y tiene consecuencias políticas concretas.
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